Emma Sanguinetti / Crítica de arte

Ver Para Creer

Desde Altamira en adelante, el color y la forma han sido el sostén de la composición plástica, aunque -siglos mediante- se haya recurrido a diversos acompañantes para arribar a destino.

Variadas perspectivas, complicados escorzos, empastes matéricos y finas veladuras, fueron lentamente recubriendo de oropeles a las artes visuales, hasta casi olvidar el impacto brutal que significa el contacto directo con el color y la forma.

Sin embargo en este ir y venir de las cosas, del tiempo y de las técnicas, esos mágicos duendes del arte han reaparecido, y es en esas ocasiones en las que son ellos y solo ellos los protagonistas de la creación, ahuyentando cualquier remota posibilidad de que la ancestral cadena de eslabones plásticos vuelva a perderse.

La obra de Gastón Izaguirre, es potente y vital, sutil pero a la vez explícita; estalla en un desborde visual que no es otro que el reino de estos lejanos amos del arte, que con fina introspección se encuentran para delinear los límites de la intención figurativa.

Seres dislocados serpentean por el plano, entes fantasiosos de irreales cabezas esbozan miradas, sentimientos y actitudes; pero por encima de todas esas testas, cuerpos y figuras, hay en la obra de Izaguirre una presencia ineludible: el ojo.

Es el mirarse a sí mismo, es el mirar al otro, es el sentirse observado y dejarse observar; danza voayerista que habita el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales, y que sugiere indefectiblemente los sinuosos caminos biunívocos, de la comunicación interior y el diálogo con el otro. Las diversas y lejanas fuentes que nutren estas formas, pueden hallarse en lugares tan remotos y diversos como los grafismos precolombinos, las desconstrucciones cubistas o el humor satírico y directo del arte pop ; más la personal y propia dimensión que los alimenta hace de ellas un juego sincrético, sin que por ello pierdan fuerza, originalidad o reflexión.

La obra de Izaguirre parece afirmar la certeza del viejo refrán sobre las incertidumbres, frustraciones y deseos vitales; no hay otro camino que \"ver para creer\". Será por eso que Gastón Izaguirre no teme al mirar a los demás y menos aún al mirarse a sí mismo. -

Alejandra Veira / Publicista

Naïve Perverso

Un naïve perverso (Exposición Meridiano 2005) Las raíces de Gastón Izaguirre se nutren de Frida Kahlo y del arte mexicano en general, pero también de las estampitas religiosas y del arte kitsch.

El resultado es una nueva evolución en su obra que impacta, no sólo por su forma y colorido, sino por su compromiso: es el artista desnudándose y mostrándose tal cual es. Ya no es el observador, sino el observado. Se juzga y se condena, pero también se divierte y se exhibe.

Sus cuadros son historias que nos hablan de represión, angustia, de esclavitud emocional aceptada y deseada, pero también de libertad, de ambigüedad y, sobre todas, absolutamente todas las cosas, de sexo. Es una sexualidad primitiva y básica, pero también liberadora e ingenua.

Es un naïve perverso.-

Diego Nessi / Artista

Revuelta dadaísta en Montevideo.

Izaguirre es como ese pequeño niñito de unos seis años que te está mirando justo en el momento en el que vos estás mirando a su mamá. El tiene otra versión de los hechos. Le gusta andar paseando por esos lugares a los que vos nunca vas. Hace espejos sobre lo que realmente vale la pena hablar en esta vida y los firma: “Paz, nuestros bichos ya se conocen.” Amor, tristeza, soledad, violencia, respeto y puro sentimiento. Revuelta dadaísta en Montevideo.-

Clara Berenbau / Comunicadora

Él es tal cual es

Él es tal cual es. Más allá de todos los prejuicios que nos van invadiendo con los años, él logró burlarse de ellos. No le importa quién está a su lado para poner una mueca, decir una mala palabra o largar una carcajada y desparramarse en el piso. Él es tal cual es. Simple, pero a la vez con una mente compleja que no se cansa de buscar opciones para seguir creando.-

Monica Bottero/ Periodista

Sello

Lo más valioso que tiene la obra de Gastón Izaguirre es que cuando uno ve por segunda vez un cuadro suyo sabe que es un Izaguirre.

No es cosa menor para un artista que todavía no llegó a los 40. A muchos les llevó la vida encontrar el sello, y con suerte a las largas lo consiguieron. Y será joven, y además se empeña en seguir siéndolo, con su aspecto informal —desaliñado sin poses— y su boca de caño, pero a uno enseguida le queda claro que este tipo vivió mucho. Lo suficiente para leer el miedo, el cansancio, el enojo, la ironía, la rebeldía y el desamparo en esas gentes llenas de cabeza y un poco menos de ojos y de bocas y de dientes, pero que a pesar de todo jamás pierden el humor. Igual que quien las soltó de sus manos.

Hay una gran libertad en el trabajo de Izaguirre para reflejarlas, empezando por el nada uruguayo uso desenfrenado del color, por la exageración de unas formas chocantes, por el humor negro.-